El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.

Desde el primer siglo del cristianismo, se presentaron las primeras disidencias o herejías, en cuanto a la doctrina cristiana sostenida por los obispos. La lista es extensa, mencionaré las más importantes en cuanto a la atención que se prestó para su eliminación: ebionismo, gnosticismo, adopcionismo, montanismo, donatismo, maniqueísmo, arrianismo, nestorianismo, monofisismo y muchas otras más, hasta llegar el año de 1520, con la rebeldía del monje Martín Lutero, iniciador de las corrientes protestantes, que a su vez, se dispersaron en numerosas sectas o comunidades disidentes. Los motivos de éstas separaciones o herejías, versan sobre las distintas interpretaciones a los escritos bíblicos, así como a ritos y facultades que ostenta el Papa de la Iglesia Católica Romana, considerada como la única mantenedora de la verdad y esencia de las sagradas escrituras. Conviene al lector saber que el término hereje no es despectivo, pues equivale a selección. La Iglesia Católica Romana no considera como protestantes a las Iglesias ortodoxas y reconoce como válidos los sacramentos por ellas conferidos, pues por muchos siglos habían sido obedientes al Papa y, aún en la actualidad, muchos de sus dogmas siguen siendo iguales.

Una recomendación del Papa a los obispos era la diligencia para que desterraran las herejías de sus diócesis. En la Edad Media la influencia de la Iglesia era tan poderosa que más de una ocasión el populacho enardecido por las prédicas contra herejes y hechiceros, los victimaba sin ningún juicio y en forma atroz; generalmente eran llevados a la hoguera, convencidos de que los herejes o rebeldes, con la aceptación de la doctrina imperante, no eran sino representantes del propio Satanás y por ello merecedores de suplicio y muerte.

El tribunal del Santo Oficio o de la Inquisición, como generalmente es conocido, quedó formalmente constituido como una dependencia papal en el año de 1223, siendo Papa Gregorio IX, y existió en gran parte de los países europeos occidentales católicos. No llegó a establecerse en Escandinavia y fue en la propia Italia, Francia, Alemania y España en donde tuvo una gran actividad. En un principio fueron las órdenes de frailes mendicantes y predicadores como los dominicos y franciscanos designados, quienes por sus propias funciones de predicación debían mezclarse con el pueblo y detectar posibles herejías para ser denunciadas ante el obispo, quien tenía para estos menesteres un fraile adjunto. Con el devenir del tiempo, el fraile inquisidor fue desplazando al obispo, con ello se inicia el origen de los Tribunales de la Inquisición en las diócesis episcopales. Esta acción independentista les permitió actuar libremente en su jurisdicción y siempre siguiendo las directrices del Tribunal Inquisitorial Romano.

Por varios siglos los reyes y príncipes apoyaron decisivamente las actividades inquisitoriales; con ello, sus gobernados eran sumisos y obedientes, pues a través de la religión es que se consideraba a un país, a un rey y a otra religión.

En tanto la Inquisición iba en franca desaparición en la mayoría de las naciones católicas, en España, continuó por condiciones muy propias emanadas de la reconquista, lo que trajo como consecuencia que desaparecieran las fronteras geográficas con los reinos moros, originándose una considerable dispersión morisca por todo el territorio hispano. Con el pueblo judío ocurría algo similar. Aunque de siglos atrás, las comunidades judías constituían una gran prosperidad para sus habitantes y muchos de ellos eran funcionarios públicos comisionados en la recaudación de impuestos, tesoreros y prestamistas, para la nobleza y aún para el rey, nunca fueron bien vistos por el pueblo, pues por su riqueza y poder eran arrogantes y prestos al lucimiento de joyas y vistosas prendas.

Los mismos reyes sabían que las conversiones obligadas de judíos y moros eran de conveniencia y por ende falsas. Además, se sabía que herejes perseguidos en Francia e Italia habían obtenido refugio en España. Así, por Bula del Papa Sixto IV con fecha del 17 de septiembre de 1480, quedó formalmente establecida la Inquisición en el Reino de Castilla, que unido al de Aragón, formaban la nación española, aunque se seguían manteniendo diferencias entre las distintas leyes y ordenamientos, pues mientras que los aragoneses las defendían por darles libertades a los conversos, en Castilla eran reducidas. El primer auto de fe de la recién establecida Inquisición se efectuó en Sevilla. La inquisición española acrecentó más su importancia, por la necesidad del gobierno español de tener libres de herejes sus posesiones ultramarinas, especialmente de falsos conversos, así como por la llegada de protestantes a través de la piratería. Con la aparición de la contrarreforma se agudizó la lucha contra los luteranos, baste recordar aquella exclamación del rey Felipe II de España en la que prefería perder sus dominios a tener súbditos protestantes.

Los procedimientos seguidos por el Tribunal Inquisitorial no se diferenciaban mucho de los usados por la justicia común, así como las inhumanas cárceles en donde eran recluidos los condenados. Era frecuente la delación o difamación, en donde una o varias personas acusaban al sujeto de herejía. En estos casos, se sometía la averiguación a los calificadores, quienes consideraban si era necesario o no enjuiciar al acusado. En cambio, cuando las faltas denunciadas eran consideradas desde el principio como graves, sin más consideraciones el sujeto era aprehendido y encarcelado. No se le comunicaba el motivo de su detención, ni de quién provenía la acusación. El primer objetivo era el de obtener una confesión libre del acusado; y según la misma Inquisición lo que les preocupaba en todos los casos era la salvación del alma del reo. Cuando los inquisidores concluían que la libre confesión, siempre en presencia de un escribano que tomaba nota de todo lo que se decía, era incongruente y por ende falsa, se indicaba la tortura; se ordenaba la presencia de un médico que en principio examinaba al reo y si lo encontraba saludable se iniciaba la tortura, la cual generalmente se aplicaba de dos formas: la garrucha y la tina de agua. En el tormento de la garrucha se ataban por la espalda las manos del reo y la soga era pasada por una garrucha o polea y el verdugo jalaba la cuerda produciendo dislocación de hombros y si aún no estaban conformes con la declaración del atormentado, se le amarraban a sus pies unas pesas y se jalaba la cuerda levantándolo del suelo, con la consiguiente luxación de miembros superiores e inferiores. El médico junto al escribano siempre estaba presente y podía detener el suplicio cuando consideraba grave el estado del atormentado.

En la tortura con agua, el reo era colocado en una especie de bastidor, conocido como la escalera, con travesaños afilados sobre los cuales el reo era colocado de tal manera que su cabeza quedaba a la altura de sus pies. La cabeza era introducida en una cubeta agujereada y mantenida en esta posición por una cinta de hierro en la frente. Se le enroscaban en los brazos y piernas cuerdas muy apretadas. La boca tenía que mantenerse forzosamente abierta, metiéndole un trapo en la garganta, se le echaba agua de un jarro, de manera que con la garganta obstruida y el agua introduciéndose por las fosas nasales, se producía un estado de asfixia. Cuando el reo llegaba a fallecer durante la tortura los inquisidores declaraban que el acusado, por su obstinación en reconocer su pecado los obligaba a torturarle. En ocasiones, no infrecuentes, también eran llevados a tortura uno o varios de los delatores, así como individuos que se presentaban voluntariamente diciéndose poseídos por el diablo o hechizados, y que las más de las veces eran dementes.

En honor a la verdad el Tribunal de la Santa Inquisición no perdonaba ni a clérigos, ni a obispos; en estas situaciones, hasta el Papa intervenía. Los procesos se llevaban con increíble lentitud, meses o años, y con cierta frecuencia el acusado moría antes de ser sentenciado. Junto con la detención del presumible herético, venía la confiscación inmediata de todos sus bienes, dejando a sus familiares en la cruel pobreza y el oprobio del pueblo, que en adelante los consideraba como apestados.

En 1535, el Inquisidor General de España, Alfonso Manrique, Arzobispo de Toledo, expidió el título de Inquisidor Apostólico al Primer Arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga. Este no creyó prudente establecer aún la Inquisición en la Nueva España, pero cometió un horrendo delito al ordenar quemar vivo a un indio, el Señor Principal de Texcoco, probablemente nieto de Nezahualcóyotl, al cual acusó de seguir ofreciendo víctimas a los ídolos. Zumárraga recibió dura represión del Inquisidor Mayor de España, pues desobedeció las disposiciones reales y las Constituciones del Santo Oficio, las cuales prohibían que se ejerciera rigor contra los indígenas. Sobre el número de sujetos sentenciados por el Tribunal, los castigos impuestos, flagelaciones, vestimentas conocidas como sanbenitos, los sentenciados a la hoguera, etc., hay discrepancias. Los relajados, sentenciados a muerte y entregados al brazo secular, o sea a la autoridad civil, desde 1522 a 1821, fecha de su desaparición en el México Independiente, no pasaron de 43 durante 296 años, algunos de ellos en efigie y otros se dice previamente estrangulados, antes de ser quemados, y en ocasiones, se llegó al extremo de desenterrar cadáveres de acusados, muertos durante su proceso, y de llevarlos al auto de fe y quemarlos. El promedio de relajados fue de uno cada siete años. Estos datos son de don Toribio Medina, historiador chileno que consigna el dato en su obra Historia del Santo Tribunal de la Inquisición en México .

Huelga decir que este Tribunal fue visto generalmente con desprecio, sobre todo después de la Revolución Francesa, puesto que en realidad se había convertido en una institución represiva del propio gobierno más que de la Iglesia, aunque es verídico que en muchas ciudades, en sus principios, los autos de fe eran un espectáculo regocijante. Y como colofón, consignaré una frase popular: El que entre a la Inquisición, si no lo queman, de todos modos sale chamuscado.




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